UNA DECISIÓN JURÍDICAMENTE CORRECTA, SOCIALMENTE CONTROVERTIDA

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Hay decisiones judiciales que se explican fácilmente en las aulas de derecho, pero resultan casi imposibles de explicar en una sociedad golpeada por el dolor. La decisión del magistrado Raymundo Mejía de enviar a juicio de fondo a los hermanos Espaillat manteniendo la calificación de homicidio involuntario es una de ellas. Algunos abogados de las víctimas solicitaron la variación de la acusación hacia la teoría del dolo eventual, una figura que se configura cuando una persona prevé que su conducta puede causar la muerte y, aun así, acepta ese resultado como una posibilidad. El tribunal entendió que no era el caso.

La diferencia es importante. El homicidio involuntario, previsto en el artículo 319 del Código Penal, castiga la muerte causada por negligencia, imprudencia o inobservancia de normas. El dolo eventual, por el contrario, supone algo más que una negligencia grave: exige demostrar que el autor conocía el riesgo mortal y decidió continuar aceptándolo. No basta con probar errores, omisiones o descuidos; hay que probar la aceptación consciente del resultado.

Desde mi perspectiva profesional, la decisión adoptada por el tribunal era jurídicamente correcta. No porque la tragedia sea menos dolorosa ni porque las posibles responsabilidades sean menores, sino porque el derecho penal obliga a diferenciar entre la negligencia y la intención. Hasta este momento, lo que ha trascendido públicamente apunta a fallas, omisiones e incumplimientos que podrían comprometer seriamente la responsabilidad de los acusados, pero eso no equivale automáticamente a dolo eventual.

Ahora bien, que una decisión sea jurídicamente correcta no significa que sea socialmente aceptada. Probablemente ocurra exactamente lo contrario. La mayoría de la sociedad jamás analizará esta decisión desde una óptica técnica. Lo hará desde el dolor. Y eso también es comprensible. Porque las víctimas no entierran artículos de códigos ni teorías jurídicas; entierran padres, madres, hijos, hermanos, amigos y proyectos de vida.

Precisamente por eso, los casos más difíciles son aquellos en los que el derecho y la emoción colectiva toman caminos distintos. La justicia no fue creada para satisfacer emociones, sino para aplicar la ley. Y aunque ambas cosas coinciden en ocasiones, en tragedias como la del Jet Set suelen separarse. Ahí nacen las decisiones jurídicamente correctas y socialmente controvertidas.

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